Fuera de carta
Fuera de carta
↗ Salud y bienestar

↗ Estudio realizado por dot. a través de su plataforma de análisis The Future Game y en colaboración con BBK Fundazioa sobre la alimentación de los y las jóvenes.
¿Aspiran (realmente) los jóvenes a tener gallinas propias y un huerto rebosante en la azotea, de los que obtener alimentos para largas comidas familiares?
Cuando les preguntamos por la alimentación del futuro, a través de la encuesta La identidad y la alimentación en la juventud vasca (The Future Game y Universidad de Deusto, 2025), descubrimos que las respuestas desafían más de un cliché. Nada es exactamente lo que parece cuando se trata de comprender a esta generación.
Sí intuíamos que un tema tan cotidiano y a la vez tan complejo como la comida abriría ventanas sugerentes: ¿Cómo imaginan los jóvenes de Euskadi el sistema alimentario del futuro? ¿De qué manera definen su identidad a través de lo que comen? ¿Qué barreras encuentran para acceder a una dieta saludable y sostenible? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto pueden convertirse en motores de las transformaciones que la industria y otros agentes deberán atender?
A continuación, navegamos por las claves que emergen de ese gran océano que es la alimentación, un territorio imprescindible para comprender cómo se perfila el futuro del sector.
↗ Los datos publicados en el informe han sido obtenidos mediante una encuesta representativa encargada a 40db para The Future Game y BBK, en colaboración con la Universidad de Deusto.
La juventud vasca reconoce que lo que come habla de quién es. Más de 6 de cada 10 (64,4%) afirman que su forma de alimentarse dice mucho de ellos, un peso identitario muy superior incluso al de sus ideas políticas (29,7%).
La construcción identitaria a través de la comida también tiene un reverso incómodo. No siempre se trata de orgullo o de pertenencia: un 42,3% de los jóvenes reconoce haberse sentido juzgado por su manera de alimentarse, y un 31,7% admite que en algún momento le ha incomodado ver cómo comen otras personas. La mesa, por tanto, es también un espacio de conflicto simbólico, donde se negocia constantemente la validación social. Comer puede ser motivo de afirmación, pero también de exposición, de comparación y hasta de tensión con el entorno.

"Me sorprendió darme cuenta de que muchas de las decisiones que tomo con la comida no son realmente mías, sino respuestas a miradas externas. Comer, de una forma u otra te coloca en un sitio social, y a veces acabas adaptándote para no tener que justificarte constantemente. La mesa debería ser un lugar seguro, pero muchas veces se convierte en un espacio de juicio".
Este juego de identidades se mueve entre lo íntimo y lo colectivo. Para muchos jóvenes, lo que ponen en el plato define tanto como la ropa que visten o los libros que leen. Pero no quieren que eso se traduzca en categorías rígidas: se reconocen polifacéticos, complejos y, como algunos expresan, “transparentemente incongruentes”. El debate sobre el veganismo lo ilustra bien: 3 de cada 10 jóvenes creen que alguien puede seguir considerándose vegano aunque consuma carne ocasionalmente.
En otras palabras, reconocen la fuerza de las etiquetas, pero rechazan el dogmatismo de la coherencia absoluta, apostando por una identidad más flexible y abierta que la de generaciones anteriores.
"Durante la experiencia me di cuenta de que cocinar no era tanto por la comida en sí, sino por el momento que se genera alrededor. En mi día a día casi nunca tengo tiempo para sentarme con alguien sin prisas, y cocinar juntas fue una excusa para parar. Me hizo pensar que quizá el problema no es que no sepamos alimentarnos bien, sino que no sabemos proteger esos espacios donde pasan cosas importantes".

Uno de los hallazgos más significativos del estudio es constatar cómo la juventud vasca afronta la alimentación desde una sensación creciente de incertidumbre económica y de frustración ante el encarecimiento de productos básicos.
Esta desconfianza hacia el sistema de precios y hacia la lógica de la oferta y la demanda se traduce en un malestar latente. En este escenario, los jóvenes relacionan el acto de cocinar en casa con el ahorro 46,3%.
Este contexto deja entrever una problemática transversal que impregna el resto de percepciones sobre la alimentación: más de 4 de cada 10 jóvenes (41,5%) reconoce que su sueldo o sus ahorros no le alcanzan para comer como le gustaría. A ello se suma que la mitad (52,5%) considera que los alimentos saludables y sostenibles de kilómetro cero no están a su alcance, y aunque intentan comer de esta forma, rara vez lo logran.
El encarecimiento ha llegado hasta tal punto que productos que históricamente formaban parte de la despensa cotidiana de sus padres hoy empiezan a ser percibidos por ellos y ellas como un lujo. El 35% de los jóvenes identifica el aceite de oliva como un artículo de lujo, un 24,6% lo hace con el bonito, y hasta un 18,1% con el tomate de caserío o el aguacate. El dato refleja un cambio cultural profundo: lo que para generaciones anteriores eran bienes básicos de la dieta mediterránea o local, para muchos jóvenes se ha desplazado al terreno de lo aspiracional.
↗ El dato refleja algo más que una coyuntura económica: es un giro cultural. Lo que para sus padres y madres era una despensa cotidiana, para ellos es ya aspiracional.
"Mientras creábamos nuestra cesta de la compra me di cuenta de que muchas veces no renunciamos a comer mejor porque no queramos, sino porque sentimos que no llegamos. Hay una frustración constante entre lo que sabes que sería mejor y lo que puedes permitirte. Eso acaba desgastando y normalizando que comer bien sea algo excepcional".

¿Cuál de estos sueños relacionados con la alimentación del futuro compartes? (% del total)
Que la alimentación de calidad sea más accesible — 63,2%
Que no desaparezcan las recetas de las comidas de mis abuelos — 56,4 %
Tener un huerto en la azotea de mi edificio — 31,7 %
Que desaparezca la bollería industrial — 26,2 %
Que no tengamos que matar ningún animal para alimentarnos — 15,1 %
Que pueda imprimir mis propios alimentos en casa — 11,3 %
Que aumente la presencia de carne de laboratorio en el mercado — 8,3 %
No sorprende, por tanto, que cuando se les pide imaginar la alimentación del futuro, la opción más compartida no sea tecnológica ni rupturista, sino profundamente práctica: que la alimentación de calidad sea más accesible para toda la sociedad, una demanda prioritaria para el 63,2% de los jóvenes. Muy por detrás quedan visiones más futuristas, como la carne de laboratorio (8,3%), la impresión de alimentos en casa (4,4%) o los mini-invernaderos en la cocina (26,2%).
El contraste es claro: la juventud no sueña con gadgets ni con soluciones de ciencia ficción, sino con poder llenar su mesa de manera justa y asequible.
Si hace una década se pensaba que el reto sería avanzar hacia dietas más sostenibles o veganas, los datos muestran que la gran barrera actual es más inmediata: llenar la cesta de la compra sin que se convierta en un esfuerzo inasumible.
A pesar de las dificultades, muchos jóvenes reconocen en su día a día, la gastronomía mantiene un lugar prioritario en sus aspiraciones.
Cuando preguntamos en qué cosas estarían dispuestos a gastarse 100€, el 69,4% en invitar a comer en su propia casa y el 64,1% en acudir al mejor restaurante de su ciudad, por encima de otros ámbitos de consumo con los que se relaciona habitualmente a esta generación, como comprarse unas zapatillas (62,3%), asistir a un concierto (57,9%), o pagar por ver en directo un partido de fútbol (31,5%). Esto deja de manifiesto cómo los jóvenes siguen situando la comida (y especialmente el acto de compartirla) en el centro de sus prioridades.
Comer juntos no es solo un gasto, sigue sintiéndose como una inversión en disfrute y vínculo social.

Mientras que generaciones anteriores veían el campo y el mar como sectores en declive, los jóvenes vascos califican sus roles sociales como esenciales. Creen que tiene la misma importancia para sus vidas, que haya médicos (91,9%) que agricultores (88,9%). El primer sector representa para ellos, grandes reivindicaciones generacionales como el origen, la justicia o la cultura. Cuando imaginan la cadena de valor de la alimentación, desconfían de los eslabones intermedios por considerarlos causa del encarecimiento de sus productos básicos, pero ven en el primer sector el otro extremo vulnerable de la cadena.
"Cuando veo productos que de repente se ponen carísimos como el aceite de oliva, siempre pienso… ¿Acaso ahora les estarán pagando más a los bateadores por cada Kg. de oliva que sacan de los olivos?... Sé que no. [...] Con la excusa de la ley de oferta y demanda, acabamos en un un juego perverso, alterado y confuso de precios… porque cuando un producto sube de precio, luego no vuelve a bajar, aunque las causas de su inflación hayan cambiado… Antes pensaba que las autoridades controlaban esto, pero yo no percibo ese control".
La agricultura aparece en el imaginario juvenil como un vehículo de bienestar social, más que como una salida profesional. En un contexto marcado por la escasez y la volatilidad de los precios, el primer sector se observa desde una cierta utopía de autosuficiencia: producir lo propio, reconectar con la tierra, vivir con más sentido. Sin embargo, esa mirada idealizada no se traduce fácilmente en vocación profesional. Para muchos jóvenes, trabajar en el campo se percibe como una trayectoria excesivamente dependiente del clima, del mercado, de ayudas externas y a su vez, difícilmente compatible con otras inquietudes vitales, creativas o laborales.
El campo se admira, se valora y se desea como horizonte simbólico, pero todavía cuesta imaginarlo como un camino profesional viable dentro de un proyecto de vida diverso y flexible.
"En el futuro que construimos producimos y consumimos productos locales de calidad. Sabemos que los jóvenes vascos entendemos la importancia de estos proyectos para cuidar nuestra salud y nuestro entorno".
Inaxio Arin y Mattin Jauregi (29 años), apicultores. En 2019 iniciaron el proyecto de Balerdipeko, nacido en el seno del monte Balerdi y desde entonces se dedican a la apicultura joven que quieren llevar más allá de la obtención de miel.

Estamos en la tercera ola del café de especialidad, convirtiéndose el acto de tomarte un café con una tostada, en una experiencia gourmet impulsada por la cultura de lo “aesthetic”.
Entre tanta moda y, en ocasiones, espacios poco auténticos, también emergen lugares con identidad y esencia propias. Personas que emprenden un proyecto desde valores de arraigo, sostenibilidad y cercanía. Así es Kuia Kafea, una cafetería de especialidad en Hernani, que pone a la tierra y a los ecosistemas naturales de su alrededor en el centro, que trabaja con productores locales y donde sirven elaboraciones riquísimas y de km0 hechas con sus propias manos.
"Hemos empezado a vestir a la huerta con hojas, ceniza y compost. A hacerle surcos para que puedan colarse y brotar las semillas que plantaremos. Gracias tierra por despertar y abrirte paso. Estamos felices de mostraros esta realidad que ocurre fuera de la cafetería, pero que también es Kuia. Felices de compartir sobre la soberanía alimentaria y las raíces de este proyecto... felices de labrar la tierra, parar y entender".
Equipo de Kuia Kafea. Espezialitate kafea, gosariak eta artisautza.

¿Cuáles son tus motivos más importantes cuando eliges tú la comida? (% del total)
Sabor — 54,6%
Precio — 49,4 %
Salud — 41,9 %
Origen — 15,6 %
Rapidez — 8,9 %
Sostenibilidad — 7,4 %
Abrir la cesta de la compra juvenil es asomarse a un termómetro generacional.
¿Qué pesa más cuando llenan el carro? ¿El bolsillo, el paladar, la conciencia ecológica?
La respuesta sorprende por lo clara que es: primero está el sabor (54,6%), después el precio (49,4%) y en tercer lugar la salud (41,9%).
La sostenibilidad, que tantas veces aparece en los discursos institucionales, apenas mueve su aguja: solo un 7,4% la sitúa entre sus prioridades. Dicho de otro modo, antes que un producto sostenible que no convenza al paladar o al bolsillo, prefieren algo que guste y no arruine la semana.
"Cuando en la experiencia imaginaba el supermercado del futuro me di cuenta de que no rechazo la tecnología; rechazo sentirme invisible. No quiero que comprar comida sea más rápido si a cambio pierdo la relación con quien la produce o la vende [...]. Prefiero un sistema menos eficiente pero más humano".

Sobre el equilibrio de ese trinomio sabor-precio-salud, la cesta de la compra de los jóvenes sí que ha sufrido cambios respecto a sus anteriores generaciones.
Cuando escuchamos lo que dicen que comen hoy frente a lo que recuerdan de sus padres, aparece un cambio generacional evidente. Más de la mitad (54,7%) asegura que consume más pasta, el 45,6% más platos precocinados y el 42,7% más arroz que sus padres. En paralelo, un 65,6% afirma beber menos vino y un 40,7% reconoce que el pescado fresco aparece menos en su mesa que en la de sus padres.
Paradójicamente, pese a que la rapidez era el 4º factor en la toma de decisión de compra de los jóvenes, los alimentos que prometen esta inmediatez se presentan como las grandes diferencias alimentarias respecto a sus generaciones anteriores.
Alguien podría decir que hay una diferencia entre sus aspiraciones y sus hábitos. Otros dirán que son incongruencias del estudio, o de la propia generación, quizá… Ellos y ellas, como no podía ser de otra forma, también tienen respuestas para esto.
Donde otras generaciones buscaban coherencia absoluta, ellos reivindican la complejidad. No quieren etiquetas cerradas (“ser vegano”, “comer perfecto”), sino flexibilidad. La identidad no es un concepto estanco; evoluciona y asimila términos que parecen contrapuestos: tradición y vanguardia, deseo y necesidad o fast y slow.
"La mayor diferencia que noto cuando hablo con gente de otra generación, es la obsesión que tienen con la coherencia absoluta. Primero, ¡es imposible!, y además, ¡qué más dará! [...]. Si alguien se considera vegano porque en el 95% de su tiempo opta por dieta vegetal y en el otro 5% come carne, bien sea porque es de producción respetuosa, porque no tenía otra opción o porque simplemente le da la gana. ¿Por qué hay que cuestionarlo? ¿Hay alguna generación que haya sido coherente con lo que promulgaban?".
Pero, ¿qué significa realmente “saludable” para esta generación?
Lo más llamativo del estudio es descubrir que, para esta generación, lo “saludable” no tiene nada que ver con smoothies verdes ni con ensaladas de kale como nos creíamos en los estudios Millennials.
Lo saludable, no se entiende sólo en clave nutricional, sino también emocional y social. Un chuletón compartido, un plato de pulpo en fiestas o unas lonchas de jamón en familia no solo aportan proteínas: aportan comunidad, celebración, sentirse bien. Y esa conexión con la salud mental y la convivencia explica por qué ciertos platos tradicionales ocupan un lugar privilegiado en su imaginario saludable.
¿Puedes situar los siguientes platos en esta escala (0) representa comida basura y (10) comida saludable? (Media del 0 al 10)
Lo inesperado es que, en lo más alto del ranking de los alimentos mostrados en el estudio , aparecen el pulpo (7,3 sobre 10), el chuletón (7,2) y el jamón ibérico (7,0) como los alimentos que consideran más saludables. En cambio, clásicos globales como la pizza (4,2) o la smash burger (4,0) son señalados directamente como comida basura.

En su lenguaje “no me renta” no habla de rentabilidad económica en el sentido literal, sino de algo más profundo y cotidiano: el ratio esfuerzo/beneficio. Una evaluación rápida y honesta sobre si algo merece la energía, el tiempo, la atención mental o el dinero que exige. Es una ecuación emocional y práctica a la vez: ¿me aporta tanto como me cuesta? Así, “no me renta cocinar hoy” no significa que cocinar sea caro, sino que ese día el esfuerzo supera al beneficio emocional o vital; mientras que “me renta quedar con mis amigos a comer” indica que la experiencia compensa sobradamente el tiempo, el coste y la energía invertidos. Este concepto es clave para entender cómo decide esta generación: no optimizan dinero, optimizan bienestar, tiempo y propósito.
Reconocen diferencias en el propósito con respecto a otras generaciones: mientras sus madres y abuelas cocinaron por necesidad; su generación quiere hacerlo por vínculo. Para los jóvenes, la cocina es un lugar para bajar el ritmo, escucharse y aprender entre iguales. No quieren cocinar solos ni por supervivencia: quieren cocinar con otros. La cocina está cambiando de tarea doméstica a encuentro comunitario.
No rechazan cocinar ni sueñan con hogares sin fogones; al contrario: reivindican la cocina como un lugar simbólico donde se construyen vínculos, y organizar la vida. Lo que cambia no es el acto, sino el propósito.
La cocina es para ellos es un refugio frente a la prisa, un espacio donde bajar el ritmo, una forma de estar. Sin embargo, no siempre tienen esa disponibilidad, por eso se adaptan en base a su recurso clave: el tiempo disponible.
Modulando entre dedicar horas seguidas a un batch cooking que supla las necesidades de las comidas de media semana, invertir un tiempo de calidad a una receta que tenga una gran relevancia en sus vidas, y recurrir a soluciones prácticas y convenientes que les permitan seguir el ritmo de vida. Todo esto sucede simultáneamente en las cocinas de los jóvenes. Por ello, para esta generación, la clave no es cocinar siempre, sino elegir bien cuándo hacerlo, sin culpa, sin rigidez, sin mandatos heredados El futuro alimentario que imaginan no elimina la cocina: la resignifica. La convierte en un lugar de autocuidado y de encuentro.
"Entendí que cuando digo ‘no me renta cocinar hoy’ no estoy hablando de dinero. Estoy hablando de energía mental, de cansancio y de cómo priorizo mi bienestar. Cocinar me importa, pero no siempre puedo sostenerlo, y eso no debería vivirse como un fracaso personal".

Cuando preguntamos a los jóvenes de Euskadi ¿Qué significa realmente para vosotros comer en casa? El dato es claro: un 71,5% lo vincula directamente con la familia, por encima de la salud (61,3%), del placer (47,6%) o incluso del ahorro (46,3%). Y cuando imaginan su comida ideal, la compañía preferida no es la pareja ni la cuadrilla, sino la familia: así lo afirma un 54,5%, frente a un 22,7% que elige pareja y otro 22,7% que escoge amistades. Detrás de estas elecciones se intuye algo más profundo: la mesa compartida en familia es todavía un espacio de seguridad, de pertenencia y de identidad compartida.
Uno de los datos más reveladores que se han extraído de la encuesta, es el simbolismo de la familia en los jóvenes. Este vínculo no se queda en la nostalgia, sino que se sigue proyectando mayormente hacia la visión prospectiva de los jóvenes: La familia seguirá siendo un refugio alimentario, un espacio donde se entrelazan la cultura, la identidad y el cuidado mutuo. En el recetario de los jóvenes, también se refleja esa herencia intergeneracional, que viaja de la mesa de las amamas, a los hábitos del presente.
Definitivamente, podría concluirse que los jóvenes vascos rehuyen del comer solos. Apenas un 4% de los jóvenes dice preferirlo—, mientras que la familia sigue siendo la compañía ideal para una comida soñada (54,5%), muy por delante de la pareja (25,8%) o la cuadrilla (8,9%).
"Durante la experiencia me di cuenta de que, aunque mi forma de vida haya cambiado mucho respecto a la de mis padres, sigo imaginando la mesa familiar como un refugio. No tanto por nostalgia, sino porque es uno de los pocos lugares donde no tengo que demostrar nada".

Aunque las redes sociales han colonizado casi todos los aspectos de la vida juvenil, la cocina sigue siendo un terreno donde la transmisión familiar pesa mucho más que los tutoriales online. Apenas un 8% de los jóvenes afirma haber aprendido a cocinar algún plato siguiendo recetas en YouTube, Tik Tok u otras plataformas. En contraste, casi la mitad (45,8%) reconoce que fue su madre quien les enseñó a cocinar, seguida de la abuela (10,4%) y el padre (9,3%). Estos datos muestran que, a diferencia de otros ámbitos donde los influencers han ganado terreno, el aprendizaje culinario sigue ligado a la memoria doméstica y a la herencia intergeneracional, reforzando la idea de la cocina como un espacio íntimo de transmisión cultural y afectiva.
El estudio muestra que, incluso en un contexto de incertidumbre y de transformaciones rápidas, los jóvenes no renuncian a este arraigo. Más bien al contrario: lo elevan a horizonte deseado, validado en los datos. La familia no se reduce aquí al parentesco estricto: se percibe como entorno de seguridad, satisfacción y continuidad cultural.
No sorprende entonces que muchos jóvenes quieran proteger lo que consideran su patrimonio culinario. Un 56,4% sueña con que “no desaparezcan las recetas de los abuelos”, mucho más que quienes apuestan, por ejemplo, por un futuro sin sacrificio animal (15,1%). Y entre los rituales a transmitir destacan las comidas de Navidad (60,2%), las comidas familiares semanales (54,3%) o algo tan contemporáneo como comer sin móvil en la mesa (57,3%), muy por encima de propuestas más tecnológicas como que la IA ayude a controlar y planificar las comidas (28,6%).
¿Qué tradiciones te gustaría trasladar a las siguientes generaciones? (% del total)
Las comidas de Navidad — 60,2 %
No utilizar el móvil en la mesa — 57,3 %
Comer en familia una vez a la semana — 54,3 %

Este juego de identidades se mueve entre lo íntimo y lo colectivo. Para muchos jóvenes, lo que ponen en el plato define tanto como la ropa que visten o los libros que leen. Pero no quieren que eso se traduzca en categorías rígidas: se reconocen polifacéticos, complejos y, como algunos expresan, “transparentemente incongruentes”. En otras palabras, reconocen la fuerza de las etiquetas, pero rechazan el dogmatismo de la coherencia absoluta, apostando por una identidad más flexible y abierta que la de generaciones anteriores. El debate sobre el veganismo lo ilustra bien: 3 de cada 10 jóvenes creen que alguien puede seguir considerándose vegano aunque consuma carne ocasionalmente.
La identidad alimentaria no se construye sólo desde dentro, también desde fuera. Por eso, el lugar de los influencers merece una mención aparte. Aunque se pensaba que iban a ser la brújula de consumo de esta generación, el estudio de The Future Game, muestra que no gozan de confianza ni de influencia real: apenas un 17,7% los considera importantes frente a cifras mucho más altas para médicos, agricultores o cocineros.
¿Cuánta confianza te inspiran los/as siguientes profesionales? (% del total)
Agricultores/as — 88,1 %
Médicos — 87,4 %
Cocineros/as — 86,5 %
Pescaderos/as — 84,3 %
Ingenieros/as — 81,2 %
Profesores/as — 78,3 %
Abogados/as — 68,4 %
Policías — 57,3%
Influencers — 16,1 %
"Cuando imaginamos el futuro, casi nadie habló de tecnología espectacular. Lo que más se repetía era algo muy básico: poder acceder a comida de calidad sin que suponga un esfuerzo enorme. Me llamó la atención porque parece un sueño pequeño, pero en realidad dice mucho del momento en el que vivimos".

Puede que sea excesivo o precipitado hablar del comienzo del fin de los influencers, pero esta generación deja claro que no están penetrando a la sociedad como las generaciones anteriores pensaban que iban a influenciar y los jóvenes no ven en ellos un oficio legítimo ni una voz autorizada que les inspiren un tipo de consumo.
"Hablar del móvil en la mesa me hizo pensar que no es un problema de tecnología, sino de atención. No es el teléfono lo que rompe el ritual, es la dificultad que tenemos para estar presentes incluso cuando estamos acompañados".

Claudia Polo es comunicadora gastronómica y creadora de contenido consciente en redes sociales. Su nuevo libro, ‘Entorno’, invita a analizar la relación que tenemos con la comida, redescubrirla y acercarnos con intuición a la cocina. Cocina que sabe dónde se encuentra, que cuida de la persona que cocina y que cuida de lo que le rodea. Profundiza en cómo la manera en que nos alimentamos tiene un impacto determinante en nuestras vidas y en las de los demás. También habla de los aspectos más placenteros del comer y el cocinar y de su importancia a la hora de conocer, emplear y valorar aquellos productos que tenemos más cerca, sin por ello renunciar a adentrarnos en las novedades que llegan desde fuera. Una mirada llena de verdad, que transmite valores arraigados entre tradición y vanguardia, entre lo de siempre y lo nuevo, a toda una generación que trata de buscar nuevos mecanismos que nos sigan conectando con la alimentación y la cocina, desde una construcción de identidad contemporánea.
"Entre tanta información es difícil diferenciar el bullshit digital de personas y mensajes de calidad; que en menor medida, pero también existen en internet. Claudia Polo y su forma de entender la alimentación desde una perspectiva más consciente, cotidiana y cercana es un gran ejemplo de ello y, por tanto, una referente para nuestra generación".
A diferencia del entusiasmo acrítico de generaciones anteriores ante “lo nuevo”, los jóvenes tienen una mirada más selectiva. Especialmente en el ámbito de la alimentación rechazan los futurismos vacíos (comida impresa, casas sin cocina, etc.) y defienden la tecnología que mejora, no la que reemplaza. Esta visión, construye una innovación y tecnología más humanista.

La desinformación también ha entrado de lleno en el mundo de la alimentación, y lo hace sobre todo por la puerta más cotidiana para esta generación: las redes sociales. Hoy ya no sólo circulan bulos sobre dietas milagrosas, propiedades supuestamente curativas o peligros inexistentes de ciertos alimentos sino que esos relatos se viralizan con una velocidad que acaba moldeando hábitos: qué se compra, qué se evita o qué se considera sano. Los jóvenes reconocen que ante la dificultad de distinguir entre evidencia y humo les genera cierta fatiga mental.
En paralelo, el reciente auge y democratización de las IAs han hecho que también aparezcan formas nuevas de manipulación digital que ilustran bien esta era borrosa: usuarios que retocan o envejecen fotografías de sus pedidos a domicilio para que parezcan en mal estado y así pedir reembolsos fraudulentos.
No se trata de que los jóvenes rechacen la tecnología, sino que esta realidad borrosa les está generando un mecanismo de defensa generacional ante el hype.

Si pudiéramos recorrer la ciudad alimentaria soñada por los jóvenes vascos, lo primero que encontraríamos serían fruterías (65,9 %) y carnicerías (61,3 %) en cada barrio, seguidas de pescaderías (55,7 %) y mercados tradicionales (55,1 %).
Los jóvenes, confiesan preferencia por la proximidad y lo cotidiano, alejándose de los modelos gastronómicos más exclusivos o modelos más internacionales. En sus calles ideales habría bares de pintxos tradicionales (51,7%), supermercados de proximidad (49,9%), y empiezan a ganar espacio cafeterías de especialidad con desayunos saludables (39,3%), reflejo de nuevas rutinas urbanas. A la contra, un 77% de los jóvenes vascos no dibuja restaurantes de fast food en su ciudad ideal. Es su mapa urbano aspiracional, lo local y lo cercano desplaza al exotismo global, demostrando que es una generación también preocupada por la desaparición de estos nodos locales.
De los siguiente establecimientos, ¿cuáles considerarías imprescindibles en tu ciudad ideal del futuro? (% del total)
Fruterías — 65,9 %
Carnicerías — 61,3 %
Pescaderías — 55,7 %
Mercados tradicionales — 55,1 %
Bares con pintxos tradicionales — 51,7 %
Super pequeños de proximidad — 49,9 %
Cafeterías de comida saludable — 39,3 %
Franquicias de pizzerías y hamburgueserías de fast food — 23,3 %
El dibujo final es claro: la ciudad ideal de los jóvenes es una ciudad con raíces. Una urbe donde conviven mercados, fruterías y bares de pintxos, donde la innovación se integra tímidamente pero sin desplazar a lo esencial. No es un escenario de ciencia ficción, sino uno donde lo cotidiano, lo saludable y lo compartido siguen marcando la vida de barrio.

Si algo queda claro tras este análisis es que la juventud vasca habla de alimentación con una mezcla de realismo y esperanza. Realismo, porque no esconden la dificultad de llenar la cesta de la compra ni la frustración de ver cómo productos básicos se han convertido en bienes casi de lujo. Esperanza, porque en medio de esas barreras emergen valores que apuntan hacia un futuro sólido: la importancia de la familia, la defensa de la accesibilidad, la confianza en lo cercano y el deseo de mantener vivas las recetas y rituales que han tejido la identidad colectiva.
La fotografía que dibuja este estudio no es la de una generación desconectada ni pasiva, sino la de jóvenes que reinterpretan lo que significa comer en el siglo XXI. Su ciudad alimentaria ideal no está llena de futurismos vacíos, sino de mercados, fruterías y bares de pintxos. Su idea de salud no se limita a nutrientes, sino que se expande hacia lo emocional y lo compartido. Y su identidad no se encierra en etiquetas rígidas, sino que se abre a la complejidad y a la incongruencia como formas legítimas de ser.
Este informe no pretende cerrar la conversación, sino abrirla. A los datos cuantitativos se sumarán pronto las voces cualitativas de un grupo de jóvenes que, durante 21 días, participarán en la experiencia gamificada de The Future Game. Sus declaraciones, decisiones y aspiraciones matizan los números y les ponen rostro, dándonos pistas aún más ricas sobre cómo imaginan el sistema alimentario del mañana. El reto es grande, pero también la oportunidad: escuchar, comprender y acompañar a una generación que, entre tensiones y contradicciones, sigue poniendo la alimentación en el centro de su vida y de su futuro.

